El horror de los burdeles en los campos de concentración

Hace más de 70 años muchas mujeres fueron expulsadas de su hogar y transportadas a un lugar donde se enfrentarían a trabajos forzados por sus creencias religiosas. No obstante, algunas más tuvieron que pasar por horrores mucho más grandes.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los Nazis establecieron burdeles dentro de los campos de concentración para incentivar a la población masculina a que colaboraran en sus tareas, aunque en realidad se usaban principalmente por los funcionarios simpatizantes de Hitler.

De hecho, distintos burdeles fueron establecidos a través de toda la Europa ocupada por Alemania y eran de uso exclusivo de los soldados de la SS y de las fuerzas armadas de los Nazis. La diferencia entre los que estaban en los campos de concentración es que las mujeres que se prostituían o que hacían “espectáculos” para los prisioneros y soldados eran transferidas de otros campos. Al menos 34 mil mujeres alrededor de toda Europa fueron forzadas a servir como prostitutas.

Todos los burdeles se abrieron entre 1942 y 1944. Fueron construidos en diseño de barricadas con hasta 20 cuartos individuales. Las prisioneras tenían a una especie de madame que se encargaba de mantenerlas en orden. Por lo general eran reemplazadas de forma constante ya que morían por distintas enfermedades, heridas y desgasto en general. Existe evidencia incluso de que las mujeres eran tatuadas con la frase “Puta de Campo” en el pecho.

Aquellas que quedaban embarazadas se les forzaba a abortar, lo que resultaba en muerte y en muchos casos los soldados de la SS le afirmaban a las mujeres que si participaban en ese trabajo sexual tendrían un mejor trato o una reducción a su sentencia, lo que causó envidia y conflictos dentro de los grupos femeninos de los campos, pero no sabían a lo que se enfrentarían. Existe una declaración de un campo ruso que afirma que las compañeras golpeaban brutalmente a quien quisiera aceptar esas propuestas.

Además de que los burdeles se usaban para “motivar” a los prisioneros, Heinrich Miller también lo pensó para mostrarle a los hombres homosexuales “los placeres del sexo opuesto” en forma de lo que él consideraba terapia para “curarlos” de sus preferencias sexuales. Y aunque el propósito era motivar a los judíos que servían haciendo labores extenuantes, no funcionó más que comp un sistema de mercadeo de cupones entre las personas “importantes” dentro de los campos.

Cuando finalizó la guerra y comenzaron a arrestar a todos los oficiales y soldados nazis, también sus mujeres fueron perseguidas por los sobrevivientes y fueron rapadas, expuestas, humilladas y en algunos casos violadas o heridas brutalmente. Así surgió el dilema moral de si la venganza era necesaria o si pudo evitarse y mostrar humanidad, pero ¿cómo hacerlo si parece que los despojaron de ella?

Todas las guerras nos han mostrado lo mismo. Horrores que estamos dispuestos a hacer cuando todo lo demás parece desmoronarse. Es inimaginable el sufrimiento acumulado de todas las mujeres que han sido violadas, brutalizadas y humilladas a lo largo de la historia, principalmente porque en ese entonces ellas no peleaban como soldados, entonces ¿por qué usarlas como un objeto sin importancia?

El asunto de la prostitución en los campos de concentración se mantuvo en silencio durante largo tiempo. En 1972 Heinz Heger publicó un libro donde finalmente habló sobre el tema y durante los 90 surgieron títulos testimoniales sobre las experiencias de algunas sobrevivientes de los campos y la vida como prostitutas.

Los fantasmas de las que no lograron salir deberán atormentar por toda la eternidad las almas de los soldados nazis que, a pesar de pregonar odio a los judíos, abusaban de ellas para demostrar su poder.

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