Edelweiss: La escalofriante historia del “Extraterrestre” que violaba niños en el monte

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“El líder de Edelweiss, condenado a 168 años de prisión por 28 de­litos de corrupción de menores”, decía el titular de El País del 23 de octu­bre de 1991, donde se veía a Eddie, un hombre de 44 años que acababa de ser condenado a prisión por un juez al que se le probó que él, Eduardo González Arenas, junto a Carlos de los Ríos, Ignacio de Miguel y otros siete hombres más, habían or­ganizado un grupo de montaña con el fin de abusar sexualmente de niños de entre 11 y 14 años. La historia la vuelve a retomar el mismo diario, que actualiza el saber de la vida de la mente maestra detrás de una de las sectas más complejas que ha visto España.

La organización se llamaba Edelweiss, que es el nombre de una flor que crece en alta montaña española. Bajo el pretexto de fomentar el deporte y el contacto con la natura­leza, el pederasta y los nueve hombres coludidos condujeron a los niños con el permiso de sus familias a su abuso. Nadie sospechó que de 1983 a 1984 los niños fueron obligados a mantener relaciones sexuales con ellos, y en muchos casos sodomizados. Y es que todos guardaron el se­creto con un propósito extraterrestre: si no decían nada, podían ser elegidos por Eddie, quien se hacía pasar por alienígena, para alcanzar el pla­neta Delhais y no sufrir el inminente cataclismo nuclear que, según sus invenciones, terminaría con la Tierra en 1992.

La fantasía que el militar alimentaba en la cabeza de los niños estaba inspirada en El Principito, pues les mentían diciéndoles que podían tener su propio desierto con una flor y superpoderes. Aunque algunas historias iban más allá de dibujar corderos, Eddie se hacía llamar “Príncipe Alain”, una especie de superhéroe que había sido enviado desde el Planeta de los Niños hasta el Parque del Retiro en Madrid, para ponerlos a salvo en un lugar más allá de las estrellas, donde sólo había libertad, amor y justicia. Pero eso no era todo, en aquel lejano planeta había otra particularidad: no había mujeres, pues éstas representaban la imperfección y la maldad.

Para desgracia de todos los niños abusados, Eddie no actuó solo, tenía a su servicio algunos jóvenes del barrio donde captaba a la mayoría de los niños en Madrid, y estos eran de “buenas familias”, chicos con antecedentes de buenas costumbres en la iglesia y la ecología que le permitían convencer a los padres de los niños de tener campamentos de fin de semana. Y es que quién iba a sospechar de una organización que se reunía en La Parroquia del Sagrado Corazón y en el quiosco cerca del Palacio de Cristal.

El juicio para los 10 pederastas se hizo en 1991, casi siete años después de la detención de los dirigentes de la red. Para entonces, los niños ya eran mayores de edad, pero tenían que lidiar con el doloroso ejercicio de la memoria, que en muchos casos los regresó al inicio de su tratamiento psiquiátrico que durante años les ayudó a olvidar la pesadi­lla que vivieron.

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