7 extrañas manías de genios famosos

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Adicciones, paranoias, excentricidades, rutinas excesivas… detrás de las mentes más brillantes, hay un historial de rarezas inesperado para muchos de nosotros. Precisamente, sus obras e invenciones despiertan tanto interés como la cotidianidad de sus vidas, por la complejidad de sus personalidades.

A continuación, te contamos sobre estas extrañas manías de genios famosos que tal vez desconocías.
7 extrañas manías de genios famosos
1. Los vicios fatales de Sigmund Freud

Sigmund Freud labró el camino para que comprendiéramos un poco más nuestra psique. Se trata del padre del psicoanálisis y pionero de la neurociencia. Aunque no por su genialidad en cuanto a la conducta humana quedó liberado de vicios y manías; Freud era adicto a la nicotina y a la cocaína.

La dependencia al cigarrillo le provocaba arritmias cardíacas intensas, por lo que su médico le recomendó dejar de fumar. Y lo intentó… pero fracasó, ya que en el proceso de abandonar a su verdugo, se sumió en una fuerte depresión en la que a menudo le invadían imágenes mentales de él muriendo.

Ni siquiera después de 33 cirugías en la boca y mandíbula para extirpar el cáncerque desarrolló con la adicción, pudo renunciar a su vicio. Al contrario, adquirió uno mucho peor: el de la heroína, una sustancia que él consideraba como “mágica” y que consumía en grandes dosis para lidiar con sus problemas médicos.
2. Albert Einstein, el genio que no podía hablar

Los padres de Albert Einstein pensaban que su hijo tenía alguna clase de retraso mental por las dificultades que manifestaba para expresarse. El pequeño Albert era incapaz de construir frases coherentes, no fue hasta los 9 años que logró hablar con fluidez.

Sus problemas con el lenguaje quizá lo convirtieron en un incomprendido por su entorno, sin embargo, le permitió interesarse de manera precoz en elementos como el tiempo y el espacio. Su mente viajaba más rápido que las palabras. Dentro de él afloraban innumerables cuestionamientos que lo condujeron, con los años, hacia la teoría de la relatividad.

Era un jovencito bastante excéntrico y sus peculiaridades siguieron manifestándose incluso como adulto. Su chófer contó que durante un paseo tomó a un saltamontes del césped y se lo comió. También solía tocar su violín en excursiones para observar aves, y mientras reproducía melodías, se conmovía hasta las lágrimas. La música, después de la ciencia, era una de sus más grandes pasiones. Un hombre poco común, ¿no te parece?
3. El riguroso horario de trabajo de Nikola Tesla y el celibato

De no ser por Tesla, algunas innovaciones eléctricas que hoy nos hacen la vida más sencilla habrían sido concebidas tardíamente. Quién sabe cuánto tiempo, cuántas generaciones habrían pasado para que se gestaran estas visiones futuristas que orbitan en torno a la conquista del campo del electromagnetismo.

Tesla era “trabajólico”. Acostumbraba a trabajar a partir de las 3:00 a.m hasta las 11:00 p.m, sin descanso. Fue éste un horario fijo que a la larga le produjo una crisis nerviosa a sus 25 años. Cuando se desequilibró, decidió tomar una brevísima pausa para recuperarse y poder así retomar este ritual laboral que mantuvo hasta la vejez. Se dice que una vez llegó a trabajar 84 horas seguidas.

Yendo a otra faceta del gran Tesla, presuntamente era célibe, ya que creía que el sexo podía entorpecer el flujo de sus ideas. Le disgustaban las mujeres con sobrepeso, y aunque era amante del buen vestir, siempre despreció las joyas de cualquier clase.
4. El patrón de sueño de Thomas Edison

Entre manías de genios, Thomas Edison compartía una similar a la de Nikola Tesla: ambos percibían el descanso como una pérdida de tiempo. Dormir solo significaba para ellos un obstáculo, un hábito que les restaba horas para dar marcha al ingenio.

Edison se mediaba con un ciclo de sueño polifásico para sacarle el máximo provecho a sus jornadas. Con este régimen no existe el sueño profundo, sino que basta con pequeñas siestas para mantener al cuerpo en estado de alerta constante. Edison tendría unas dos horas de sueño diariamente a fin de incrementar su productividad, a pesar de que la privación del sueño solo causa estragos en la salud.
5. Honoré de Balzac era carne, huesos y cafeína

Quienes se reconocen como adictos a la cafeína se sorprenderán: el novelista francés Honoré de Balzac consumía una exorbitante cantidad de 50 tazas de café, diariamente. ¡Increíble! Pero así lo hizo el escritor. Es incuestionable que con el exceso de cafeína se diga que poco durmió cuando escribió una de sus obras maestras, La Comedie Humaine.

Su amor por esta bebida oscura, ése cálido néctar de los dioses -sobre todo los lunes por las mañanas-, era tal, que le dedicó “Los placeres y dolores del café”, un artículo escrito en verso, publicado en una revista francesa en 1800s.
6. La oficina ambulante de Agatha Christie

El ritual de Agatha Christie para escribir sus 66 novelas policíacas y las 14 colecciones de cuentos, consistió en no estancarse en ningún lugar. No era una escritora estática que prefería tener una oficina en la que acudiera cada vez que la invadiera la musa. Más bien se trasladaba a habitaciones de hotel y dondequiera que su ánimo la condujera para cargar de vida a su máquina de escribir con el titilar de sus letras.

Christie se dejaba llevar por el flujo de sus ideas, sin respetar ningún orden coherente. A veces comenzaba a escribir a partir del momento álgido de la historia, en el que acontecía el crimen.
7. Stephen King, un “nazi” de la gramática

El arma de un buen escritor es sin duda el conocimiento de la lengua en su forma pura, inequívoca y sustancial, además de poseer gran creatividad. Stephen King por más Best Sellers que acumule en su carrera, es de esos escritores que jamás dejan de pulir su materia prima: la escritura.

Es un nazi de las letras. Acostumbra a escribir dos mil adverbios cada día. Pues dice que el infierno está pavimentado por adverbios y que él los gritará a los cuatro vientos. A esta costumbre de la que no se desvincula ni en vacaciones, le debe el secreto de su éxito, según revela él mismo.

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